Los chicos duros solo bailan cuando nadie mira

 
 
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Páginas: 
338
ISBN: 
978-8-49462-547-3
P.V.P.: 
9.95€
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Guillermo el Jaro se fue, pero ahora piensa en volver. Hay gente que nace con un don y no es cuestión de desaprovecharlo. Y el Jaro fue la mayor promesa a este lado del estrecho. El niño rubio que volaba con su gomita dejando a los de aduanas con un palmo de narices. Pero se fue. Y ahora no sabe si quiere regresar. Sabe que eso significa volver a trajinar con el gordo Jerez. Porque allí todo se mueve al compás que él marca. Significa volver a bandear al Extremeño y su tricornio descolorido. Y significa, sobre todo, que probablemente Susana se vaya. Para siempre.

Y mientras el Jaro se lo piensa, el barrio se mueve. Palpita. Taconea al compás de bulerías antiguas que emergen de las esquinas al olor del polen. El barrio herido de humedad, de fatiguitas, de peteneras que salen como estertores desde las sillas de enea.

Y mientas el barrio que cobija los oros roñosos de gitanillos de doce años con la chaira siempre empalmada; que da protección al Candela que compra, vende, regatea, esconde y distribuye desde hace tres generaciones la mercancía que viene mojada del peñón; que alienta al Poleo y sus rumbas con falsetas a lo Hendrix que tiene en la mano el contrato discográfico. El barrio, el viejo barrio siempre a punto de la explosión, del triunfo de puerta grande o de la taleguilla empapada en sangre.